Cuando ruge la marabunta (versión nematófaga)

de Fernando Mateos-González

Mi tesis fue oficialmente perpetrada en la bella ciudad de Barcelona, pero en realidad no pasaba mucho tiempo en la ciudad. La mayor parte de mi actividad predoctoral se realizaba a las afueras, en parques y bosques cercanos, donde vivían los pajaritos.

 Un indefenso lúgano (foto de Slawek Staszuk)

 Un indefenso lúgano (foto de Slawek Staszuk)

Durante un tiempo, mantuvimos cerca de un centenar de lúganos (Carduelis spinus) en jaulas al aire libre, en uno de esos bosques periurbanos. 

Un día, una compañera del departamento y yo nos acercamos a las jaulas para hacer la limpieza y el mantenimiento rutinarios, y de pronto empezamos a sentir montones de picaduras de voraces mosquitos tigre (Aedes albopictus).  

Ya de por sí, esto no era bueno para las pobres aves, pero es que además descubrimos que un par de lúganos tenían síntomas de una grave enfermedad infecciosa. Era una enfermedad aviar, inocua para los humanos, pero fácilmente transmisible entre aves a través de los mosquitos.

Era imperativo sacar enseguida a esos pájaros de allí. 

Debíamos trasladarlos inmediatamente al laboratorio para ponerlos en cuarentena individual, antes de que la enfermedad se transmitiera a toda la colonia.

Sólo teníamos unas 8 ó 10 bolsas de anillamiento y alguna jaulita de transporte pequeña. Pero llevarlos en grupos era muy peligroso; la infección se podría transmitir fácilmente incluso mediante un breve contacto entre las aves.

 ¿Cómo íbamos a transportarlos individualmente? 

Por suerte, una infancia expuesta a innumerables capítulos de McGyver y el Equipo A nos había preparado para este momento.

Había un centro comercial cerca de allí, al que nos dirigimos a toda velocidad, derrapando en las rotondas. Una vez allí, compramos un rollo de cuerda fina, y un centenar de calcetines y pinzas de tender la ropa.

Con la cuerda, creamos una maraña cubriendo todo el habitáculo de mi sufrido Renault Clio, metimos a cada luganito en un calcetín, y colgamos todas estas improvisadas bolsas de anillamiento de la tupida red de cuerdas. 

Tras avisar a los colegas del laboratorio de nuestro plan de evacuación, nos dispusimos a regresar del bosque y cruzar Barcelona con cien sonoros calcetines balanceándose en el interior del coche. 

Por suerte, no nos detuvo ningún agente policial por el camino (¡imaginad las hipotéticas preguntas y respuestas!), y conseguimos realojar a nuestros inquilinos, atajando la infección.

Source: http://www.bioblogia.net/2015/04/las-5-cur...